LA MESA DEL PELLEJO
Desde que éramos pequeños, nuestros padres y abuelos, otros para darles un carácter más noble les llamaron próceres, nos sentaban en “la mesa del pellejo”. Situación que siempre se vio muy natural, sin ninguna connotación negativa, cuando en realidad el efecto o más bien lo que nos quería decir, era que los grandes se sentaban en otra mesa, y esto porque, ellos, hablaban de cosas importantes, trascendentales “cosas de grandes” a las cuales nosotros no teníamos acceso. En otras palabras, nos consideraban cabros chicos huevones que no teníamos nada inteligente que aportar en la discusión dada en la mesa de los grandes. No es de extrañar entonces que a quien mandaban a esta “mesa del pellejo”, que era adulto por cierto, era a nuestro tío X (o a un tío con alguna discapacidad mental), es decir, el tema no era un asunto de espacio físico, sino simbólico. ¿Por qué al tío X ?, por la misma razón que dije antes, porque estos sujetos que se las daban de progresista en sus comidas dominicales lo consideraban huevón y no digno de compartir una conversación con ellos.
Fue así que dichas conversaciones se cubrieron con un velo de misticidad, “los grandes saben de lo que hablan”, mientras tanto nosotros estábamos exiliados, comiendo las sobras que provenían de la mesa del mundo adulto, añorando algún día poder hablar de cosas de “grandes” y hablar con razón, y así poder mandar a nuestros cabros chicos a futuras mesas del pellejo «ad infinitum» .
Finalmente, un día, quizás porque la edad y barba ya no lo permitían, fuimos invitados a la mesa. Para mi asombro, los adultos 1) hablaban de puras estupideces y más aún, 2) no tenían idea de lo que hablaban, en definitiva eran unos huevones.
Fue así que dichas conversaciones se cubrieron con un velo de misticidad, “los grandes saben de lo que hablan”, mientras tanto nosotros estábamos exiliados, comiendo las sobras que provenían de la mesa del mundo adulto, añorando algún día poder hablar de cosas de “grandes” y hablar con razón, y así poder mandar a nuestros cabros chicos a futuras mesas del pellejo «ad infinitum» .
Finalmente, un día, quizás porque la edad y barba ya no lo permitían, fuimos invitados a la mesa. Para mi asombro, los adultos 1) hablaban de puras estupideces y más aún, 2) no tenían idea de lo que hablaban, en definitiva eran unos huevones.

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